Capítulo 22
“Precisamente esta tarde pensé que no cualquiera se vuelve loco, esas cosas hay que merecerlas. No es como la muerte, comprendes; no es un absurdo total como la muerte o la parálisis o la ceguera. Entre nosotros hay algunos que se hacen los locos por pura nostalgia, por provocación; a veces, a fuerza de fingir…Pero no lo conseguirán.”
Si esto pone en guardia a algunos, sigan leyendo.
Las primeras decenas de páginas quizás los confundan: Podría ser el rompecabezas más grande jamás creado, el cual tendrían que comenzar a "armar", como dicen los argentinos. Hay que separar los trocitos dentados, porque ¡muerden!
De repente tengo un flashback, no sé si engañoso. Me fijo menos de lo superficial, y me concentro solo en gente importante. Mientras tenga, esa dedicación.
Puede sonar complicado, como los techos de las calles de ciudades con tranvía, donde “Los ojos son las únicas manos que nos van quedando a algunos”. Los “duelos oculares” son porque no puedes tocar, no puedes tender la mano.
Cada uno a su manera, el pasado nos había enseñado la inutilidad profunda de ser serios, de apelar a la seriedad en los momentos de crisis, de agarrarse por las solapas y exigir conductas o decisiones o renuncias”. Claro que ellos objetarían a mi descripción porque “No cualquiera se vuelve loco, esas cosas hay que merecerlas” no es un absurdo total como la muerte.
“En los tranvías está siempre esperando el destino”, “Porque en realidad es el pasajero el que lo lleva a uno, no el taxi al pasajero”. Hay que convencerse de que la naturaleza imita al arte”.
Así como un grupo de gente que se encuentra y desencuentra, que se dejan usar por lo que les ocurre, o que toman las riendas, y que fracasan y sienten que en la felicidad se abría otra vez paso la fina grieta instantánea, o que triunfan.
Somos mucho más con la suma de nuestros actos, que de los actos ajenos.

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